La comida como lenguaje
Somos seres sociales: nos relacionamos, nos comunicamos, damos y recibimos. En ese intercambio aparecen gestos de cuidado, de atención y, muchas veces, de amor.
El amor puede expresarse de infinitas maneras: con un abrazo, una palabra, una mirada, un regalo… y también con comida.
Más seguido de lo que imaginamos, compartir un plato es una forma de decir “te quiero”, de acompañar o de reconfortar.
Platos cargados de significado
No siempre todo plato significa lo mismo.
En un festejo, la abundancia puede reflejar alegría. En un hogar, ciertos platos pueden transmitir protección, cuidado o la necesidad de que nunca falte algo reconfortante.
Quien cocina muchas veces espera en silencio una señal: el gesto de que su mensaje llegó, de que el amor fue recibido.
Aceptar ese gesto también puede convertirse en un acto de amor.
El espacio entre emoción y alimento
Entre la emoción y el acto de ofrecer comida hay un espacio lleno de significados.
A veces es un gesto de cuidado. Otras veces, una manera de acompañar en silencio.
En muchos hogares aparece de forma muy marcada en quienes cocinan. Preparar un plato puede ser una forma de decir “te quiero” sin palabras.
Cuando la comida reemplaza la emoción
Pero ¿qué ocurre cuando la comida empieza a ocupar el lugar de una emoción?
¿Qué pasa cuando, en lugar de decir “estoy triste” o “te extraño”, lo expresamos con un plato lleno?
No necesariamente hay algo malo en ello, pero puede ser una señal para detenernos y observar.
Porque en ocasiones la comida puede funcionar como un disfraz de emociones difíciles.
Observar sin juzgar
En un taller alguien dijo una frase que quedó resonando:
Cuando una conducta se vuelve rígida y se repite en el tiempo, hasta generar incomodidad, es momento de revisar.
Quizás esa sea la clave: no juzgarnos, sino darnos el permiso de observar.
La comida puede ser un puente hacia los demás y hacia uno mismo. Y a veces también puede esconder mensajes que vale la pena escuchar con calma.
Lic. Yanina Reynoso


